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Cold War Bulgaria

Más celosos que Moscú

Episodio 05 · Periodo abarcado: 1968–1981 · Lectura: 9 min

Artículo complementario del episodio 05 del pódcast Cold War Bulgaria.

9 min de lectura
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El papel de la República Popular de Bulgaria durante la Guerra Fría se caracteriza por una lealtad a la Unión Soviética que superaba a menudo la de cualquier otro miembro del Pacto de Varsovia. En la jerarquía del bloque del Este, Sofía se erigía en guardiana de la ortodoxia marxista-leninista y se convertía con regularidad en la abogada más ruidosa de una intervención militar en cuanto un régimen vecino parecía inclinarse hacia la liberalización.

Esa fidelidad incondicional no era obediencia pasiva. Era una estrategia institucional calculada por el Partido Comunista Búlgaro (БКП) para asegurar su supervivencia interior y su pertinencia geopolítica. Para comprender las crisis de 1968 en Checoslovaquia y de 1980-1981 en Polonia, hay que ver a Bulgaria como el ancla de los intereses soviéticos en los Balcanes, calificada a menudo de decimosexta república tanto por los historiadores como por los diplomáticos.

La arquitectura del Pacto de Varsovia

La Organización del Tratado de Varsovia, creada en 1955, encuadraba formalmente las obligaciones militares y políticas de Bulgaria. Presentada como una alianza defensiva frente a la OTAN, revela, a la lectura de las monografías desclasificadas de la CIA y de los archivos del propio Pacto, una estructura concebida para un mando soviético centralizado. A finales de los años sesenta, unas reformas institucionales racionalizaron las decisiones relativas al adiestramiento y a los armamentos, culminando la subordinación de las fuerzas de Europa del Este al Estado Mayor General de Moscú.

La posición búlgara era en él particularmente sensible. Fronteriza con dos miembros de la OTAN, Grecia y Turquía, su fiabilidad militar condicionaba la seguridad del flanco sur soviético. A diferencia de Polonia o Hungría, marcadas por levantamientos antisoviéticos, el ejército búlgaro figuraba entre los más seguros a ojos del Kremlin.

Praga, 1968

La Primavera de Praga representó el desafío más serio al modelo soviético desde la revolución húngara de 1956. Bajo Alexander Dubček, el Partido Comunista de Checoslovaquia intentó introducir un «socialismo de rostro humano»: fin de la censura, libertad de circulación, descentralización económica. Para los dirigentes búlgaros, esas reformas no eran un progreso sino una amenaza directa contra la estabilidad del sistema entero.

La alarma de Sofía

Ya desde enero de 1968, la dirección búlgara vigilaba la situación praguense con redoblada atención. Todor Zhivkov, en el poder desde 1954, estaba personalmente alarmado por la idea de una supresión de la censura. Temía que el «cáncer» del dubcekismo alcanzara a Bulgaria y animara a los intelectuales de Sofía a reclamar los mismos derechos.

Los documentos desclasificados de los Archivos Centrales del Estado búlgaro muestran que Bulgaria fue el primer miembro del Pacto de Varsovia en reclamar formalmente una intervención militar. Mientras Leonid Brézhnev aún vacilaba, esperando salirse con la suya mediante la presión diplomática en los encuentros de Čierna y Bratislava, Zhivkov defendía la línea dura. En las reuniones privadas de los dirigentes del Pacto, la delegación búlgara sostenía que las «fuerzas sanas» checoslovacas estaban desbordadas por los contrarrevolucionarios y que la «ayuda fraternal» era un deber.

La operación Danubio

Cuando se tomó la decisión de invadir, en agosto de 1968, Bulgaria estaba lista para aportar fuerzas especializadas. La operación Danubio movilizó entre 200.000 y 500.000 hombres procedentes de la Unión Soviética, Bulgaria, Polonia y Hungría.

La contribución búlgara consistió en dos regimientos de infantería especializados, el 12.º y el 22.º, es decir de tres a cinco mil hombres. Estas unidades fueron trasladadas a través de la Ucrania soviética hasta la frontera checoslovaca, con Eslovaquia como zona de acción.

Su misión: asegurar los nudos de comunicaciones de Banská Bystrica para impedir la difusión de los mensajes reformistas. El objetivo era delicado: la ciudad tenía una historia de resistencia y constituía un centro administrativo importante de Eslovaquia central. Las tropas búlgaras tenían orden de ocupar las oficinas locales de radio y telégrafo y de sostener la carretera estratégica hacia Zvolen, punto de tránsito vital para las columnas soviéticas que avanzaban hacia el interior del país.

El encuentro con la población

Al entrar en Checoslovaquia, los soldados búlgaros sufrieron una conmoción. Se les había dicho que llegaban como libertadores, para impedir un golpe de Estado respaldado por la OTAN; encontraron multitudes de civiles llorosos, encolerizados, que oponían una resistencia pasiva. En las ciudades, los habitantes arrancaban las placas de las calles para extraviar a los invasores y pintaban en los muros consignas que comparaban a las fuerzas del Pacto con los ocupantes nazis.

En Praga, la toma de las estaciones de televisión y radio provocó enfrentamientos que causaron más de cien muertos entre los manifestantes. Las unidades búlgaras, en las montañas eslovacas, conocieron menos violencia abierta, pero hubieron de operar en un medio hostil, frente a una población que se negaba a indicarles una dirección o a darles de comer. La distancia entre la propaganda fraternal y la realidad del terreno pesó gravemente sobre la moral.

El verano de 1968 en Sofía

Mientras el ejército ocupaba Eslovaquia, el régimen libraba en Sofía una batalla no menos intensa por el control de la opinión. El verano de 1968 estuvo marcado por un claro desfase entre la posición oficial y los puntos de vista reales de la población.

La reacción del Partido fue una condena sin matices de la Primavera de Praga. El diario Rabotnichesko delo publicaba crónicas vagas y muy censuradas, presentando las reformas como «actividades contrarrevolucionarias» llevadas a cabo por «enemigos del socialismo». El gobierno movilizó todos los medios disponibles, incluido el aparato de la Seguridad del Estado, para contener la difusión de las ideas reformistas.

Varsovia, 1980-1981

Por qué Bulgaria no era Polonia

En 1980, las condiciones económicas de los dos países no tenían nada de comparable. Polonia sufría escasez de alimentos y un endeudamiento masivo con la banca occidental; los búlgaros conocían entonces su nivel de vida más alto. Esa prosperidad relativa constituía el arma principal del Partido contra el desorden interior.

La economía búlgara descansaba sobre una relación privilegiada con la URSS, que incluía la importación de crudo soviético a bajo precio, refinado y luego reexportado a Occidente a cambio de divisas fuertes. Ese maná petrolero permitía al régimen de Zhivkov mantener precios bajos y programas sociales bien financiados, aislando a la población de la fiebre revolucionaria que ganaba Gdansk.

El Politburó, voz de la intervención

Las transcripciones de las reuniones del Politburó búlgaro, en octubre de 1980, revelan una dirección entre las más favorables a una intervención fraternal para restablecer el orden en Varsovia. Todor Zhivkov y el ministro de Asuntos Exteriores Petar Mladenov expresaban una inquietud profunda: el «virus» de Solidarność amenazaba con contaminar a los demás miembros del Pacto.

En la sesión del 25 de octubre de 1980, Mladenov se irritaba por el «retroceso continuo» de la dirección del Partido Obrero Unificado Polaco. Señalaba que la milicia polaca formaba una fuerza considerable (setenta mil hombres, armamento moderno, vehículos blindados) y que solo le faltaba la voluntad política de emplearla. Zhivkov y su entorno estaban convencidos de que, si los dirigentes polacos no actuaban, el Pacto de Varsovia tenía «el derecho y el deber» de intervenir militarmente.

La cuarentena informativa

Para impedir la entrada del virus polaco, las autoridades búlgaras tomaron varias medidas. La prensa se llenó de relatos que presentaban a la oposición polaca como una amalgama de extremistas a sueldo del imperialismo occidental. Los boletines de los servicios de seguridad seguían las conversaciones privadas, anotando que si bien algunos búlgaros veían en Solidarność una lucha por la libertad, la mayoría se mantenía prudente, temiendo que una agitación comprometiera su propio nivel de vida. Por último, Sofía se empleó activamente en desmarcarse de Varsovia en los foros internacionales, temiendo que una asociación con el régimen polaco «inestable» empañara su propio crédito ante Moscú.

Dos crisis, una misma lógica

En ambos casos, la dirección búlgara antepuso la preservación del sistema socialista a la soberanía nacional o a la estabilidad regional.

La invasión de 1968 había dado origen a la doctrina Brézhnev, según la cual Moscú podía intervenir allí donde un gobierno comunista se hallara amenazado. En 1981 el panorama había cambiado: la intervención en Afganistán, desde 1979, agotaba ya los recursos soviéticos y gravaba las relaciones internacionales.

Mientras Sofía seguía abogando por una invasión de Polonia a lo largo del invierno de 1980-1981, el Politburó soviético se mostraba cada vez más reticente. El 10 de diciembre de 1981 zanjó la cuestión: nada de tropas en Polonia, el ejército polaco debería resolver la situación por sí mismo. Tres días después, el general Jaruzelski proclamaba la ley marcial, decisión acogida en Sofía con entusiasmo.

La longevidad de Zhivkov, decano de los dirigentes del bloque del Este, se debe en gran medida a su manera de atravesar esas crisis. Al situar a Bulgaria como el aliado más leal, se aseguraba el apoyo constante del Kremlin. En 1968 como en 1980, utilizó los acontecimientos para purgar su propio partido de sus reformadores potenciales, con el argumento de que toda desviación de la línea de Moscú constituía un paso hacia la contrarrevolución.

Lo que quedó de ello

El régimen búlgaro reprimió con éxito los efectos inmediatos de las crisis praguense y polaca, pero las consecuencias a largo plazo eran inevitables. El aplastamiento de la Primavera de Praga retrasó dos décadas el hundimiento del sistema comunista; destruyó también, a ojos de toda una generación, la credibilidad de la palabra socialismo.

El recuerdo de Solidarność dio sus frutos en Bulgaria en 1989. Mientras el bloque del Este se descomponía, los ciudadanos búlgaros fundaron su propio sindicato independiente, Podkrepa, calcado explícitamente del modelo polaco. Podkrepa se convirtió en uno de los pilares de la oposición anticomunista que condujo a la dimisión de Todor Zhivkov, el 10 de noviembre de 1989.

En agosto de 2013, el monumento al Ejército Soviético de Sofía fue repintado de rosa por artistas anónimos, acompañado del lema «Bulgaria se disculpa», escrito en checo y en búlgaro. Esa disculpa artística recordaba que, si los dirigentes búlgaros fueron los primeros en reclamar la invasión de 1968, el pueblo búlgaro fue de los últimos en reconocer formalmente su dolor.

Una lección de gestión de crisis

El caso búlgaro esclarece la manera en que un Estado satélite atraviesa una crisis sistémica. La estrategia del régimen descansaba sobre tres pilares: la lealtad militar, aportando unidades especializadas para demostrar su disposición a emplear la fuerza; la puja ideológica, reclamando la intervención pronto y en voz alta para probar su fidelidad al centro; y la estabilización económica, empleando las subvenciones soviéticas para mantener a la población satisfecha y poco inclinada a seguir la vía de las reformas.

Esa estrategia fue sin embargo un fracaso. Al ahogar toda reforma en 1968 y luego en 1980, la dirección búlgara solo se aseguró de que el sistema fuera, en el momento del hundimiento de 1989, demasiado rígido para adaptarse, lo que acarreó el desmantelamiento completo del poder comunista.


Fuentes

  • Archivos Centrales del Estado búlgaro (Централен държавен архив), Sofía
  • Transcripciones del Politburó del Comité Central del PCB (Политбюро на ЦК на БКП)
  • Monografías desclasificadas de la CIA (programa CREST)

Las traducciones de los documentos citados son del autor.

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